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Roland Husson, el diplomático francés que refugió a cientos de intelectuales en 1973  Suggérer par mail
dimanche, 18 mars 2007
El apóstol de la cultura chilena

Cuando Francia se convirtió en el asilo contra la opresión, la presencia de este profesor de arte ayudó a levantar a los artistas en desgracia. El hoy jubilado maestro y diplomático está en Chile filmando un documental para la señal TV5 de Francia, bajo la dirección de Patricio Paniagua, uno de los que entonces protegió.

Articulo de  Ignacio Íñiguez  publicado en La Nación Domingo  el 18 de marzo 2007

Ha recorrido el mundo y lo único que afirma tajantemente cuando piensa en Chile es que “nunca más” debe ocurrir lo que presenció en 1973, cuando era consejero cultural de Francia en Santiago, representando al Gobierno de Georges Pompidou. A los 77 años y casado con una argentina, Roland Husson dice que ni los 30 mil muertos de la dictadura trasandina ni los tres mil de acá pueden repetirse jamás. Por eso, cuando se reunió el viernes con la Presidenta Bachelet en La Moneda, le leyó parte de su libro “Nous avons mal au Chili”, que publicó en 2003 y en el cual recuerda su paso por nuestro país en esos años, cuando ayudó a rescatar a cientos de artistas e intelectuales, y colaboró a revivir un ambiente cultural que estaba en coma a causa de la persecución militar.

“Quiero finalmente evocar la nominación reciente de la señora Bachelet como ministra de Defensa, hija del general Bachelet, quien por encargo del Presidente de la Republica había aceptado alimentar la población durante los dos meses anteriores al golpe. Detenido, encarcelado y torturado, murió en la cárcel. Menos de 30 años después, ver a su hija, médico de profesión, miembro del Partido Socialista, ocupar el puesto que está a cargo de la modernización del Ejército chileno, es una respuesta positiva que honra a Allende y al Presidente Lagos”, dice en el último capítulo.

Parte de esa historia es la que está filmando el cineasta Patricio Paniagua para el canal francés TV5, el que será traducido a cinco idiomas y que es la primera parte de un proyecto que continuará con un largometraje acerca de los campos de concentración de la época (ver recuadro).

Hijo de un policía que luchó en la Resistencia francesa junto a De Gaulle, el recuerdo de la guerra fue lo primero que le vino a la mente cuando llegó a Santiago como consejero cultural de la Embajada gala. Las colas, el racionamiento y el mercado negro eran cosas que había vivido en su infancia y que lo llevaron a acercarse a la izquierda de su país.

Chile fue para él la oportunidad de ayudar a una nueva resistencia, esta vez desde el ámbito de lo popular. “Llegué en junio del ’73 y una semana o diez días después fue el ‘tancazo’, pero ya en la tarde hubo una concentración organizada por la CUT y quedé muy impresionado por la gente que llegaba en camiones, por las banderas y los gritos de apoyo a Allende”, recuerda emocionado.

Cuenta que aun antes de llegar quería conocer a Neruda, pero que éste estaba muy enfermo por aquellos días. “Venía a Chile con dos ideas: conocer el mundo de la UP y a Neruda. Pensé saludarlo para preguntarle sobre la cultura popular, a propósito de las arpilleras que se bordaban cerca de su casa en Isla Negra. Le mandé una carta y él me escribió con tinta verde: ‘Estoy enfermo ahora, vuelva a llamarme dentro de un mes’. Volví a llamarlo en un mes y dejé recado. Más tarde, estaba en una reunión en la Cancillería y me dicen: ‘Le llama monsieur Neruda’. El embajador me miró entre maravillado y espantado: ¡yo acababa de llegar y ya me llamaba Neruda! Pero nunca pude verlo vivo, porque a los pocos días murió”.

Le tocó ir al velorio en La Chascona, la que encontró convertida en una zona de guerra. “Estaba arruinada, habían roto todos los vidrios y uno caminaba entre los pedazos. Pero por primera vez vi la cara de Neruda y para mí, que jamás lo había visto en persona, me pareció una cara limpia y con una especie de serenidad”. Recuerda que había revistas y libros quemados, cuadros apuñalados, y que el agua del arroyo que bajaba a través de la casa corría por todos lados, pues habían roto la canalización.

El documental que prepara Paniagua incluye testimonios de algunos de los cientos de intelectuales que desde entonces, y hasta 1976, pasaron por la embajada, el Instituto Chileno Francés y su propia casa. Entre ellos, José Balmes, Gracia Barrios, Héctor Noguera, Gustavo Meza, Francisco Brugnoli, Tatiana Álamos, Nemesio Antúnez, Óscar Castro, Irene Domínguez, José Donoso, Gaspar Galaz, Enrique Lihn, Ángel Parra, Elsa Poblete, Mario Toral, Raúl Zurita, Quilapayún, Waldo Rojas, Miguel Rojas-Mix, Alejandro Castillo, Gonzalo Robles y Valeria Sarmiento.

“En la embajada teníamos tres criterios para acoger a los refugiados. Primero estaba el origen francés. Aunque había gente que no hablaba ni gota de francés, pero no importaba. También estaban los ex becarios, que eran como aliados naturales nuestros, y luego la gente con la cual hacíamos negocios. Pero pronto ya no fue posible mantener esta línea poco comprometida, porque la gente continuaba llegando”.

Recuerda que, además de los 400 refugiados para los que obtuvo salvoconducto entre 1973 y 1974, hubo otras 20 personas que eran más “caras” políticamente y que estuvieron nueve meses en la sede diplomática, como el periodista Eugenio Lira Massi, que luego murió en París. “Él había dicho que el Senado era una cueva de bandidos y había criticado muy fuertemente a la aviación antes del golpe, así es que Leigh no lo quería dejar salir. En esa situación estaban también Luis Figueroa, dirigente de la CUT, y Domingo Puga, director de la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile, que después partió al exilio en Perú”.

Entonces, Husson ideó una manera de ocupar los edificios asignados a Francia, como el Instituto Francés, ubicado entonces en calle Agustinas, que estaba desocupado porque la vida cultural había bajado a cero. “Entonces llamé a gente de teatro y les dije: ‘Hagan lo que quieran, pero una vez al año me ponen una obra de un francés, ya sea en francés o en español’”.

Entre los primeros que llegaron estuvieron Carlos Matamala y su compañía Teatro Joven. Más tarde lo hicieron otros, como Eugenio Dittborn, que hizo un “Tartufo”. Antes del golpe había conocido a Roser Bru, en la galería de Carmen Waugh, y le habían impresionado sus trabajos en papel kraft en torno a Unamuno y otros escritores. “Ahí descubrí que era una de las exiliadas que había llegado en el ‘Winnipeg’ de Neruda, junto a Balmes y otros. Y le ofrecí que, como las universidades estaban en poder de los militares, hiciéramos una exposición de escritores franceses ilustrados por artistas chilenos”, cuenta, poco después de asistir a la exposición de Bru inaugurada esta semana en el MAC.

Otros artistas que recuerda con cariño son Delia del Carril y sus dibujos con tinta negra de caballos y yeguas. “Supongo que ahí exponía el dolor de la mujer sin hijos. Además de su obra, ella me fascinaba sólo de pensar que había conocido a García Lorca y a Alberti”.

Pero también hubo momentos dramáticos, en que la impunidad diplomática casi no le ayudó. Como cuando Guillermo Núñez, hoy Premio Nacional, le pidió la sala del instituto para una exposición que armó poco después de salir de la cárcel. “Era una instalación donde había unas jaulas de madera que decían ‘si quiere saber lo que se siente, póngase adentro’. La gente entraba y también podía ponerse una corbata al revés, como quien se va a estrangular. Al día siguiente recibí una llamada del Ejército que decía: ‘Esto es una ofensa al Gobierno militar y tiene que sacar inmediatamente esta exposición’. Con mi adjunto bajamos y les dijimos: ‘Ustedes no pueden confiscar nada porque este es territorio francés’, aunque no sabíamos si legalmente era así. El milico llamó por radio a su superior y eso me dio tiempo para sacar la exposición, que tuve un año guardada en mi oficina porque a Guillermo lo llevaron preso de nuevo”.

Una vez que terminó su período, el Gobierno francés decidió “ascenderlo” y lo envió como consejero cultural a Washington. Allí se encontró con otro exiliado ilustre y víctima de la dictadura, Orlando Letelier. “Había llegado yo a Washington e iba a reunirme con él, para informarle de lo que ocurría en Chile, pero no fue posible porque un día antes fue asesinado”. LN

En busca de la memoria

Patricio Paniagua realiza el documental sobre Roland Husson como la primera parte de un proyecto que continúa con un largometraje argumental acerca de la prisión sufrida en el campo de concentración de Ritoque. “Es una línea de trabajo que tiene que ver con la memoria, y la historia de Roland corresponde a alguien que en los momentos más duros no sólo salvó a mucha gente, sino que logró crear espacios que permitieron que esa cultura, que estaba absolutamente aplastada y acallada, pudiera seguir respirando”.

El director recuerda que conoció a Husson cuando era parte del Teatro Joven, dirigido por Carlos Matamala y donde estaban Alejandro Castillo, Elsa Poblete, Gonzalo Robles y Gustavo Meza. “Fui detenido en octubre de 1974 y me enteré de lo que él seguía haciendo afuera a través de las visitas. Estuve en la casa de la DINA de José Domingo Cañas, luego en Tres Álamos y después en Ritoque. Allí estuvimos presos con Óscar Castro, y esa es la historia que estamos preparando como la segunda parte de este documental y que llamamos ‘Melinka’”.

Según explica Paniagua, ese era el nombre de un campo de concentración, a partir del cual inventaron un acróstico para un supuesto dramaturgo llamado Menilka, que tenía biografía y todo. “Decíamos a los carceleros que era un judío polaco preso en la Segunda Guerra Mundial, que vivía en Argentina, y que la obra que presentábamos había sido creada por este señor. Pronto apareció un oficial que decía conocer al señor Menilka y apreciar mucho su obra, y hasta nos dio más datos de su biografía”, recuerda.

 
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